Abuelos Vedruna 2º y 3er trimestres del curso 2019-2020 ¡Vade retro, COVID-19!
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Edición nº 14

Abril de 2020

Elevemos una oración por los que nos hanprecedido a causa del COVID-19

Descansen en paz

28 de abril de 2020

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Cosas de Nieves

En un lugar de Europa, cuyo nombre sí quiero acordarme, había un pequeño país pegado a Portugal, conocido como España. Este lugar lleno de historia y arte ha pasado por diversas culturas, hasta que después de muchas luchas, se unieron los múltiples reinos de la península para formar la unión del país que hoy conocemos. Pero, por muy sencillo que parezca, España ha tenido que soportar muchas guerras y disputas para acabar siendo el país democrático en el que vivimos. Sin ir más lejos, el 18 de julio de 1 936, comenzó la guerra más reciente de nuestra historia, “La Guerra Civil Española”. Esta rebelión de parte del Ejército contra la Segunda República supuso muchos heridos y muertes diarias, tanto de un bando como de otro. Una guerra  que enfrentó a familias, a padres contra hijos y a amigos. Fue un suceso en nuestra historia, que muchos querríamos olvidar. Pero, en la oscuridad, siempre hay un pequeño rayo de luz, que puede deslumbrar todas las penurias:

En un lugar de la Mancha, cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una joven llamada Ana. Ella era la hija menor de un matrimonio que concibió a cinco preciosas niñas. El padre de la joven permitió estudiar a sus hijas en la escuela, pero Ana no pudo acabar sus estudios, puesto que había comenzado la guerra entre españoles. Sus padres prohibieron a sus hijas acudir a clase, y les obligaron a quedarse en casa, en resguardo, ya que temían por sus vidas, dado el importante rango que tenía Ramón, el padre de Ana, en el partido comunista. Pasaban los días, y la quinceañera no hacía más que anhelar la paz que antes gobernaba las calles de su pequeño pueblo manchego. Un día, decidió salir de su gran finca en la que se escondía junto a sus hermanas y sus padres, para ir a una pequeña fiesta que se celebraba por carnaval. Allí se reencontró con sus amigas, las que sabían de la complicada situación de su padre  y decidieron presentarla al resto de personas que allí se encontraban, como otra falangista, al igual que el resto. Ana se sentía desconcertada en aquel carnaval, hasta que alzó la vista de su bebida y vio a un apuesto chico observándola. Él se acercó a ella, y tras pocos minutos hablando, ambos poseían un destello en los ojos, que brillaba cada vez que se miraban a la cara. La fiesta acabó, y Ana volvió rápidamente a su casa, para que nadie se diese cuenta de que se había escapado. Aquella noche, Ana no pudo conciliar el sueño, no paraba de pensar en aquel chico, dos años mayor que ella. Saturnino era tan apuesto, amable, encantador y trabajador, que le parecía su príncipe azul. No se volvieron a ver desde la verbena, hasta que varias semanas después, ocurrió algo inesperado. Ana estaba en el pequeño huerto de su familia, en el que cultivaban lo máximo posible para no tener que ir a comprar, y así, permanecer escondidos, cuando oyó el relincho de un caballo. Le parecía que el animal estuviese lejos, pero cada instante, oía más y más fuerte el ruido  que hacía el caballo. Al cabo de unos segundos, vio a un hombre a lomos del caballo que había entrado en su enorme finca. Su cara le parecía familiar, así que fue corriendo hacia el jinete. Allí, vio a su amado, su cara se había transformado en una enorme sonrisa de oreja a oreja. Pero sin embargo, Saturnino no se alegraba tanto de haberla encontrado en ese lugar. Fue un encuentro obra del azar, y quizá del destino. Saturnino bajó del caballo y dijo: -Ana, ¿qué haces aquí?- La joven, perpleja, respondió: - Saturnino, yo vivo aquí con mi familia- Esta frase, llenó al chico de preguntas, y comenzaron a discutir:

  • ¿Cómo que vives aquí? Esta es la casa de un político republicano, y en la fiesta dijiste que pertenecías a la falange.-
  • Lo sé, se lo inventaron mis amigas, para protegerme, pero, ¿qué importa eso? –
  • Ana, me han enviado del cuartel del pueblo, tenemos la orden de eliminar a todos los republicanos de la zona, no vengo solo, en poco tiempo llegarán mis compañeros. Tengo que arrestar a tu padre. –

La chica, al oír la tarea que le habían encomendado, se arrodilló ante él, suplicándole que no lo hiciera. Éste lo tuvo claro, decidió entrar en casa de su familia, y llevárselos. Quería ayudarlos a huir. Todos corrieron lo más rápido que pudieron, y llegaron a una casa abandonada, en medio del campo. El padre de Ana, le estaba muy agradecido al franquista, que antepuso el amor por su hija ante la guerra que los de su bando estaban ganando. Pasaron los años, y la guerra acabó, pero ahora, habían entrado en una dictadura. Saturnino y Ana se casaron, dejando a atrás a la familia de la joven que estaban escondidos en una cabaña. Marido y mujer, se fueron a otro pueblo manchego, donde no sabían de su pasado, y empezaron una vida nueva juntos.

Este matrimonio formó una familia, con dos niños, los que crecieron, y se fueron a vivir a diferentes ciudades. Saturnino y Ana, envejecieron juntos, en su pequeño pueblecito, poseyendo todavía esa chispa al cruzar sus miradas. Una mirada, que tras las arrugas causadas por el paso del tiempo, expresaba la longevidad de su amor, que pasó por muchas dificultades, pero que ninguno de esos contratiempos pudieron impedir el destino, que quiso mantenerlos juntos por el resto de sus vidas. Lucharon juntos, huyeron juntos, formaron una familia juntos, y ahora, envejecen juntos. Porque esta, es una de las miles historias de amor, que pervive en nuestra historia. Las historias de amor de las personas que tras una guerra y una dictadura, han seguido juntas, impidiendo que nada los separase, formando nuevas familias, y levantando un país que cayó en la desgracia y en la pobreza. Poniendo sobre sus hombros el peso de llevar adelante una nación, una democracia y una vida justa para ellos, y para sus sucesores que trajeron al mundo. Estas personas, pudieron con una guerra, y podrán con mucho más, aunque el paso del tiempo haya sido firme con ellos, el espíritu esperanzador es el mismo que el de hace cincuenta años, el mismo que inculcaron a sus hijos, el mismo que ahora poseen todos los ciudadanos, ya que es el legado que nos han dejado nuestros padres y abuelos.

Porque, como dijo Emily Dickinson, “la esperanza es como una cosa con plumas que se posa en el alma y canta una melodía sin palabras que nunca se detiene”.  

Nieves Buendía Obregón. 2º A

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